Durante los últimos años, el sexismo en la educación se ha instalado como un ámbito de preocupación en la sociedad chilena. En este proceso, el rol del movimiento estudiantil ha sido clave en la medida que ha visibilizado este fenómeno denunciado sus formas de operar, contribuyendo así a su posicionamiento en el debate público. En efecto, una cuestión que las y los estudiantes han dejado en claro, es que la comprensión e instalación de la educación en términos de derecho implica una transformación radical no sólo en los referente a sus formas de acceso y financiamiento, sino que también en relación a sus contenidos, prácticas y los modelos culturales en los que está asentado y que contribuye a reproducir.

Pero, ¿qué es el sexismo?:

  • Dice relación con todas aquellas ideologías, prácticas y actitudes que justifican relaciones de dominación en base a diferencias de carácter biológico sexual.
  • Opera en el contexto de la sociedad chilena, anclada en principios androcéntricos y patriarcales.
  • Pone en valor lo masculino y minusvalora lo femenino, a partir de una asociación arbitraria de formas de ser, pensar, sentir y actuar a una determinada condición sexual, a la cual se le asigna un carácter natural.

Para el discurso sexista, las formas de ser hombre y ser mujer derivarían de la condición genital de cada persona, asignando mayor valor y prestigio a lo masculino por sobre lo femenino, ocultando el carácter social, cultural y político que efectivamente tiene el proceso de constitución de las identidades de género.

Y ¿qué es la educación no sexista?                                                                                                                                                                         

En este contexto, el sistema educativo juega un papel central en tanto mecanismo de producción y reproducción del sexismo, puesto que instala desde muy temprana edad principios normativos sobre el cómo deben ser y comportarse los niños y niñas.

Por ejemplo, mediante el curriculum educativo se promueve cierto modelo que afirma una mayor predisposición y habilidad de las mujeres a tareas manuales, mientras que los hombres serían más aptos para las actividades intelectuales. Ello se hace patente, por ejemplo, en la invisibilización de las mujeres en asignaturas como Historia o las Ciencias, o la orientación de Lenguaje y Artes Visuales como disciplinas femeninas, y Matemáticas y Filosofía como masculinas. Asimismo, los textos educativos promueven imágenes sociales de ser hombre, asociadas al trabajo remunerado, la participación en lo público y el ejercicio de liderazgos, mientras que las mujeres aparecen frecuentemente con roles pasivos, asociadas a labores domésticas y relegadas a lo privado. Este ordenamiento normativo, basado en los prejuicios y estereotipos de género, es al mismo tiempo reproducido al nivel de las prácticas educativas en el aula, en los usos del lenguaje y en los modos de trato de profesores y profesoras a los estudiantes.

Así, frente a esta realidad, la educación no sexista se constituye como una perspectiva crítica y transformadora. Crítica, en la medida que apunta a visibilizar y denunciar las prácticas sexistas, machistas y de discriminación fundadas en estereotipos de género que operan en el sistema educativo. Y transformadora, puesto que este ejercicio de develamiento está orientado a generar una educación otra, regida por principios democráticos e igualitarios, que excluyen toda forma de dominación basada en las distinciones de género.